Esta es la segunda entrega de los relatos que ayer les comentaba, sin más preámbulos se las dejo y espero que la disfruten. Lean con atención.
La fábrica de monstruos
Aquí en la celda, en la que estamos más de 40, creo que hay muchos que no están (¿estamos?) bien de la azotea
Grupo Reforma
Ciudad de México (28 de enero de 2008).- Hacinados en espacios imposibles, los reos sobreviven consumiendo la droga que obtienen haciendo todo tipo de trabajos.Aquí en la cárcel hay más gente que nunca. Cada vez hay más pleitos por la comida. Los robos, los asaltos, las riñas entre los propios presos han aumentado.
Algunas celdas tienen más de 60 internos. Todos en un cuarto de 3.5 por 4.5 metros. ¿Te imaginas lo que es eso? Por eso nos volvemos locos. Por eso, y muchas cosas más.
Es evidente que aquí muchos estamos mal de la cabeza. Aunque se supone que los internos con problemas psiquiátricos están aparte, hay muchos con los que convivimos que tampoco andan bien de la cabeza: hablan a gritos, solos; comen su excremento; se revuelcan de risa; golpean, patean, “pican” por gusto.
En fin, viven la cárcel a su manera, que termina siendo la de todos, pues todos estamos revueltos, y no puede ser de otro modo siendo tantos.
Casi somos 40 mil reos, nada más en el Distrito Federal. Somos 40 mil encerrados en condiciones infrahumanas, alimentando su rencor social, degradándose por dentro y por fuera, pensando vilezas y delitos las 24 horas. Todos los días, pensando.
Se ha dicho que la cárcel es una universidad del crimen, una bomba de tiempo. Y lo es. Pero también es una fábrica de monstruos.
Aquí hay tantos que quizás nosotros mismos no los distinguimos, pero basta oírlos o verlos actuar para recordar que el encierro puede enloquecer a cualquiera.
Y, tarde o temprano, estaremos afuera. No sería nada raro que algo malo ocurriera con uno de estos monstruos.
Aquí en la celda, en la que estamos más de 40, creo que hay muchos que no están (¿estamos?) bien de la azotea.
Los hay desde los que tienen alguna forma de retraso mental hasta verdaderos sicópatas que no han hecho una barbaridad porque están empastillados.
Por eso nunca sabes cómo va a acabar un pleito, pues pueden matarse con puntas, barrotes o lo que haya. O bien pueden terminar como “novios” en una bella relación homosexual sólida y estable, hasta el siguiente pleito que, seguramente, será más salvaje.
Si a esto le aunamos la droga, la incertidumbre, el miedo y la crueldad continua, no es raro que, a más de uno, se le altere la percepción de la realidad.
Ese mismo envilecimiento y degradación diarias es una de las razones por las que, hasta hoy, esta bomba no ha estallado. Porque la droga produce situaciones de inconciencia y animalidad que nos hacen más fácilmente manejables. Pero la bomba sigue activa, y tiene la mecha corta.
Continuación: Trabajar de lo que sea
No se porque, pero me hace pensar en la pena de muerte, o aquellos campos de concentración de la Alemania Nazi.
Fuente: Periódico Reforma Gracias a: Lic. Mario de la Garza Marroquín


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